02.Diciembre.2012
Las Mujeres y el Hábitat Popular: ¿cooperación para la sobrevivencia o para el desarrollo?
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Entre globalizadas y fragmentadas, las ciudades de América Latina se han producido y extendido en gran parte «a pulmón» del trabajo comunitario y la autoconstrucción de la vivienda. El repetido paisaje urbano de masivos asentamientos precarios en inhóspitas periferias y de barrios hacinados en los deteriorados centros, contiene un prolongado y tenaz esfuerzo social por ocupar y consolidar un lugar de vida en la ciudad, bajo un Estado que nunca fue del todo ni en serio «de Bienestar» sino más bien mezquino y populista. Así se conformó la territorialidad de la vida cotidiana de la mayoría de las mujeres: dimensión de interacción y experiencia que vincula al género con el proceso de urbanización.



El género es intrínseco al análisis de la urbanización en los países en desarrollo, en tanto ésta afecta y cambia los roles y relaciones de género, y a la inversa, puesto que los roles y relaciones de género influyen sobre y moldean el proceso de urbanización [Chant, 1996]. Cabe recordar, de paso, que desde mediados de la década de los setenta se comenzaron a desarrollar en Inglaterra y los Estados Unidos de Norteamérica los estudios y debates feministas en torno a la relación entre género y urbanización capitalista, creando nuevas perspectivas de análisis y trabajos empíricos focalizados en la mujer dentro de las estructuras y procesos espaciales urbanos.



Se combatió la neutralidad y «ceguera de género» en las teorías así como en las políticas urbanas del Estado, y se introdujo la noción de diferencia y especificidad del género femenino dentro de la dinámica de la urbanización, la arquitectura, el diseño de la vivienda, la producción y distribución de servicios y equipamientos públicos, la planeación y los movimientos sociales urbanos. Las diferencias de percepción, uso, necesidades, restricción y acceso respecto al género masculino se fueron entonces haciendo visibles en la ciudad, aun dentro de las mismas clases sociales, categorías ocupacionales y características habitacionales [Massolo, 1992].



El enfoque de género en el estudio de las estructuras urbanas -particularmente de los hábitat populares- nos revela más nítidamente el empalme entre espacio y experiencias cotidianas; la interacción fluida entre el «hacia afuera» y «hacia adentro» de la vivienda; las continuidades y rupturas de los modos de vivir cotidianamente las condiciones materiales, sociales y políticas del «orden urbano»; los núcleos de opresión y desigualdad de las mujeres, coexistiendo con la segregación y desigualdad social en el espacio urbano [Massolo, 1991].



Como bien se ha planteado, el estudio de los sistemas de género en la urbe permite entender procesos de «jerarquización sexual que están anclados en esencialismos biológicos», y apreciar que «la construcción del espacio urbano está más orientada a mantener a las mujeres en los espacios destinados a los roles familiares que a promover su incorporación a la sociedad en general» [del Valle, 1996].





Las mujeres transforman los espacios`.



Ante la sentencia de que el lugar de la mujer en la ciudad es la casa y ante el rol codificado de la mujer como ama de casa, estallan los impresionantes cambios económicos, sociales, políticos y culturales producidos por la urbanización acelerada del mundo, que han cambiado a las mujeres al tiempo que ellas mismas transforman y mejoran los espacios de la vida social urbana, imprimiéndoles su marca de género, la que innegablemente primero registra la acción de sus roles tradicionales.



Sobre todo el espacio local, asociado a la vida cotidiana de la familia y las tareas domésticas, es el mundo público más accesible y con el que están más familiarizadas: el barrio, la comunidad vecinal y la localidad representan los lugares donde las mujeres se han desenvuelto y proyectado sus roles, intereses, habilidades y luchas. La adscripción social y cultural a los roles genéricos de madre-esposa-ama de casa resultó ser, paradójicamente, tan restrictiva como permisiva de tal suerte que el control y limitación a la inmediatez espacial facilitaron el entrenamiento y activa participación femenina en la gestión de los asuntos públicos cotidianos, en asociaciones vecinales y redes de solidaridad comunitaria, demostrando capacidad de influencia, liderazgo y eficacia política [Massolo, 1996]. No existe tal separación entre la vida privada doméstica de las mujeres y la vida pública en el espacio local, puesto que sus prácticas, iniciativas de acción, gestiones y desplazamientos hacen borrosas las fronteras que supuestamente delimitan la presencia y trabajos femeninos en el ámbito privado familiar del ámbito público colectivo.



El espacio local alrededor del lugar de habitación en la ciudad funciona como un resorte que impulsa la salida de las mujeres a la escena pública -lo que no quiere decir que no encuentren obstáculos, censuras y violencia en el camino-, y es un potencial terreno fértil para que crezcan como sujetos sociales y ciudadanas. Ciertamente la actuación de la mujer en el espacio exterior a menudo reafirma su pertenencia al espacio interior, y lo que realiza afuera tiene sentido a partir de las actividades, responsabilidades y personas del espacio interior [del Valle, 1996]. Y también es cierto que en nuestros países de América Latina profundamente compenetrados de la ideología maternalista, «el poder maternal representa inclusión social y política», y es el que les da a las mujeres «ese derecho a intervenir públicamente y el que transforma sus acciones políticas» [Luna, 1996].





Segregación y Exclusión`



Pero el rol y poder maternal se desempeñan sobre una territorialidad cotidiana afectada de carencias materiales básicas («déficits»), marginación e inseguridad, en la mayor parte de la superficie de las ciudades. La pobreza urbana no es ninguna novedad del proceso de urbanización latinoamericano a lo largo del siglo XX. En consecuencia, las estrategias y redes de sobrevivencia han estado siempre presentes y activas entre las familias pertenecientes a las mayorías populares. Sus espacios habitacionales son testigos y testimonios de la segregación espacial y exclusión social, aun durante épocas de crecimiento económico y Estados populistas redistribuidores. Por lo tanto, los hábitat populares y sus mujeres cuentan con una larga trayectoria de enfrentar y resolver las necesidades de sobrevivencia, por medio de diversas estrategias y formas de ayuda mutua. Sin embargo, al decenio de los años ochenta le corresponde el tenebroso mérito de haber hecho aparecer el fenómeno del aumento de la pobreza urbana, asociado a la crisis de las economías latinoamericanas, al pago de la deuda externa, a las políticas de ajuste estructural y las reformas estatales de corte neoliberal.



La UNICEF lo señaló oportunamente advirtiendo sobre el «ajuste invisible» sufrido por las mujeres: «Los procesos de empobrecimiento, agudizados a partir de la crisis, han acentuado restricciones y antiguos patrones de deterioro. Tal como se señala en el trabajo sobre Argentina, un aspecto central que define la situación de pobreza de estos años recientes consiste en que el nivel de incertidumbre que enfrentan los sectores populares se ha ampliado; de esta manera, las personas y fundamentalmente las mujeres, deben actuar como permanentes organizadoras de crisis cotidianas, operando con horizontes temporales en donde el día en que se vive es la unidad de tiempo manejable» [UNICEF, 1989].



Además de organizadoras de crisis cotidianas, los mecanismos del ajuste estructural le imponen a las mujeres «una sobrecarga de tiempos de trabajo orientados a garantizar la dotación y distribución de los escasos recursos para la supervivencia de la familia» [UNICEF, 1989]. La «feminización de la pobreza» y la «feminización de la jefatura de las unidades domésticas» [Chant, 1996], son otros de los rasgos que dibujan el cuadro abigarrado, polifacético y pauperizado del hábitat popular urbano producto de la «década perdida».

Aclarando que concebimos al hábitat en su integralidad, es decir que excede la mirada «viviendista» implicando la interrelación del ambiente construido y natural, así como la cultura, las relaciones sociales de los diversos sujetos sociales, aspectos todos que se traducen en calidad de vida [Falú, 1997]. Y que nos referimos al hábitat urbano poblado por los sectores sociales de más escasos recursos, muchos de origen migrante del campo a la ciudad, cuya composición laboral es heterogénea y cuya pobreza también lo es, a pesar de la homogenidad visible.

Desarrollo, cooperación y mujer: los enfoques



También en materia de política y planeación urbana las perspectivas y asuntos de género corresponden a las distinciones y controversias, entre los dos macro enfoques de la relación entre desarrollo-cooperación internacional-mujeres: Mujer en el Desarrollo (MED) frente a Mujer y Desarrollo (MID). Ambas se reflejan y tienen implicancias en los hábitat populares de las mujeres [Chant]; [Moser y Levi, 1988]; [Ajamil, 1995]; [Moghadam, 1990]; [Buvinic y Yudelman, 1989]; [CEPAL, 1997]; [Massolo, 1993]; [Huamán, 1996].





El enfoque llamado «asistencial», o «de bienestar», surgido en la década de los años sesenta, es el más antiguo y socorrido. Identificaba a la mujer en su rol reproductivo convirtiéndola en principal beneficiaria de programas asistenciales por su rol de madre, considerando que ese rol es fundamental no sólo para la mujer sino para todas las cuestiones referidas al desarrollo económico de cada país. Son políticas que en lo ideológico y en su implementación, conciben a la mujer como un ente pasivo y receptor de beneficios gratuitos o subsidiados. Estos programas tienen amplia acogida ya que son políticamente seguros y porque no cuestionan la visión tradicional del papel de la mujer. Asimismo, porque resulta más fácil poner en ejecución proyectos de asistencia social que incrementar la productividad e ingresos de los pobres [Moser y Levi, 1988]; [Buvinic y Yudelman, 1989]. En términos de desarrollo, la ayuda para el bienestar de la familia se dirige a las mujeres identificadas con los minusválidos, enfermos y grupos socialmente «vulnerables» [Ajamil, 1995].





El enfoque AntiPobreza



Según Menchu Ajamil, el primer enfoque del MED es el de «la equidad», que no desplazó al de «bienestar» o «asistencial» (por cierto aún vigentes), pero resalta la importancia del rol productivo de las mujeres, y abre la perspectiva a la «igualdad de oportunidades» en las relaciones entre hombres y mujeres en el mercado de trabajo, enfatizando la independencia económica de las mujeres como sinónimo de igualdad. El segundo enfoque del MED es el de «la antipobreza», que liga la desigualdad económica entre hombres y mujeres a la pobreza y no a la subordinación, enfatizando el rol productivo de la mujer bajo el supuesto de que la mujer dispone de más tiempo libre. Con este enfoque se inventaron proyectos productivos para que la mujeres pudieran generar ingresos, frecuentemente vinculados a las actividades domésticas. Buvinic y Yudelman han concluido que, «los organismos internacionales de desarrollo respaldan los proyectos que se centran en la mujer en su papel doméstico o que tratan de generar ingresos a través de los oficios tradicionalmente femeninos, tales como la costura. Casi universalmente estos proyectos no han rendido ingresos sostenidos» [Ajamil, 1995: 52]



En los hábitat populares aterrizó con gran impacto el enfoque antipobreza desde la crisis de los ochenta en adelante: programas de autoconstrucción de la vivienda e introducción de servicios, obras públicas de mejoramiento urbano, en síntesis, una nueva versión de la urbanización popular dirigida por una explícita política estatal de utilizar la mano de obra de hombres y mujeres («participación»), compartiendo los costos con los pobres. En el paisaje urbano vemos a las mujeres cumpliendo una tercera jornada de trabajo en la construcción y mejoramiento del hábitat, cargando la jornada de quehaceres domésticos y la de generación de ingresos.





(*) Este es un fragmento del estudio sobre el tema, de la investigadora de Barcelona, España. Más información en el boletín electrónico: Ciudades para un Futuro Más Sostenible.


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